El éxtasis como umbral

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extasis

NOVELA

El diván victoriano

Autor: Marghanita Laski

Fiordo: Buenos Aires, 2012

128 páginas.

En la huella de Victoria Ocampo, que encomendara a Borges las primeras traducciones de dos obras de Virginia Woolf al español (ya se había traducido en España, aunque solo parcialmente, un fragmento de The lighthouse), la nueva editorial Fiordo trajo por primera vez a nuestro idioma una novela corta de la escritora Marghanita Laski.

 

Antes que de terror -y en discrepancia con P.D. James, quien calificó a El diván victoriano como la novela “más aterradora” de la década- es una atmósfera de misterio y profunda ambigüedad la que envuelve al lector que acompaña a la protagonista en su viaje temporal desde la posguerra hacia la época victoriana. Melanie Langdom es una joven que acaba de dar a luz y se recupera de una tuberculosis. La felicidad de su matrimonio y su maternidad se ven empañadas por la enfermedad y el temor a la muerte. Cuando comienza a dar los primeros signos de mejoría, su médico la autoriza a cambiar de habitación y a reposar en un diván victoriano, donde se queda dormida. Al despertar, ya no se encuentra en su casa, en su tiempo, ni en su cuerpo.

 

El mérito del traductor, Martín Schifino, nos permite apreciar en su esplendor la exquisita narración de Laski. Tanto más meritorio, cuando en la obra proliferan situaciones sutiles y disparadores de múltiples claves de lecturas (pistas que el lector-escritor tiene la posibilidad de registrar en las páginas finales del libro, oportunamente destinadas como espacio de notas para quienes abordan los libros con un lápiz en la mano).

 

Esa multiplicidad de claves de lectura no es inconexa de la pluralidad de intereses de Marghanita Laski, quien, entre otros campos, indagó y escribió respecto de las experiencias de éxtasis seculares y religiosos. En El diván victoriano, al tiempo que desarrolla algunas de sus especulaciones sobre ese tema, la autora disecciona las emociones del alma de una mujer atrapada en un cuerpo ajeno; metáfora, tal vez, de otras variedades del encorsetamiento, propias de la Inglaterra victoriana.

 

El clima asfixiante de la obra se refuerza por la doble captura del alma de la protagonista: por un lado, la prisión en un cuerpo victoriano, con todo el peso de prescripciones familiares, sociales y religiosas que ello supone, y por otro, el temor de que el tiempo sea una trampa circular: “El presente sucede en realidad ahora y el futuro está por venir. Pero si tengo que esperar el futuro, si solo en el porvenir volveré a ser Melanie, entonces por fuerza llegará de nuevo el momento en que la enfermera Smith me deje dormir en el diván y yo despierte en el pasado. Nunca escaparé, pensó…”

 

En la narración se introduce la hipótesis del momento de éxtasis como la instancia donde se abre una puerta en la dimensión temporal. Melanie recuerda haberse dormido extasiada: “un éxtasis que se siente quizás una, dos o media docena de veces en la vida, cuando la existencia de un humano no es un terror solitario sino algo glorioso, cuando la perfección borra el tiempo. El éxtasis es atemporal. ¿Esa es la clave?”. En otro pasaje de la obra, Melanie recuerda con culpa “puritana” sus propias experiencias sensuales y extáticas: “Y después fue como regresar de la muerte a la vida y le dije a Guy: No puede ser lo correcto, no puede ser que estemos hechos para sentir semejante felicidad…”

 

Un promisorio debut para la editorial Fiordo, que ya adelantó el título del segundo libro de su catálogo: Una confesión póstuma, novela del holandés Marcellus Emants.

Daniela Silva

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