La lectura como incitación

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A través de los años vuelvo a recorrer como si fuera la primera vez las páginas de “Sobre la lectura”, donde creería que todo lector, de cualquier lugar del mundo, puede identificarse con lo que allí expresa Marcel Proust. A continuación algunas claves de mi propia lectura de este texto breve pero de múltiples resonancias, del autor de “En busca del tiempo perdido”.

Por Daniela Silva*

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Escrito como prefacio a la obra “Sésamos y Lirios” (dos ensayos del inglés John Ruskin aparecidos en 1906 y traducidos por Proust), “Sobre la lectura” ganó autonomía incluso antes de publicarse con su finalidad original, ya que en 1905 el texto aparece en la revista La Renaissance latine.

La tarea de Marcel Proust como comentarista y traductor de Ruskin se inscribe en una productiva trayectoria de descubrimiento y deslumbramiento por este crítico de arte, que lo llevará no sólo a estudiarlo, comentarlo y traducirlo, sino también a incorporar una determinada mirada estética, reflejada en distintos pasajes de “En busca del tiempo perdido” y en otras obras proustianas.

Sobre la lectura está estructurado en dos partes. En la primera de ellas hay una teoría del libro como depositario de la memoria: el objeto se presenta como una materia donde están impresas las huellas invisibles de los días pasados, esperando el llamado de la memoria para hacerse presentes: “…si aún hoy se nos ocurre hojear esos libros de otros tiempos, lo haríamos como si fueran los únicos almanaques guardados de esos días enterrados, y con la esperanza de ver reflejados en sus páginas las moradas y estanques que ya no existen.”

˝Recién me había puesto a leer en mi habitación cuando ya era preciso ir al parque, a un kilómetro del pueblo. Pero después del juego obligado, yo acortaba el final de la merienda, traída en cestas y distribuidas a los niños a la orilla del rÌo, sobre el pasto donde el libro había sido dejado con la prohibición de volver a tocarlo.˝ (Marcel Proust, Sobre la lectura)

El recuerdo no es un viaje hacia el pasado, sino que es el pasado el que viene hacia el presente, nos dice aquí la voz del Proust ensayista, quien se demora en la descripción de las escenas infantiles de lectura y convoca al lector a la complicidad (“Quién no se acuerda como yo de las lecturas que hicimos durante las vacaciones…”) para poder guiarlo a través del ensayo.

La lectura aparece en la niñez con un carácter íntimo y transgresor, una actividad que encuentra su propio goce eludiendo las normas de los adultos y de la vida familiar y social: “Y a veces en la casa, en mi cama, durante mucho tiempo después de la cena, las últimas horas de la noche abrigaban también mi lectura, pero eso, sólo en los días en los cuales había llegado a los últimos capítulos de un libro, donde ya no había mucho más que leer para llegar al final. Entonces, corriendo el riesgo de ser castigado si era descubierto y el insomnio que, una vez terminado el libro, se prolongaría quizás durante toda la noche, desde que mis padres se habían acostado volvía a encender mi vela (…)”

 

La amistad de los libros

En la segunda parte de la obra, Proust toma distancia y reflexiona sobre la opinión que Ruskin tenía sobre el papel de la lectura, para quien esta sería asimilable a “una conversación con hombres mucho más sabios y más interesantes que aquellos que podemos tener la oportunidad de conocer alrededor nuestro”.

˝Sabía que la lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los mejores ingenios de los pasados siglos que los han compuesto, y hasta una conversación estudiada en la que no nos descubren sino lo más selecto de sus pensamientos˝ (René Descartes, El discurso del método)

Proust encuentra en esa afirmación una idea que René Descartes ya esboza en la introducción a su Discurso del Método y, sin entrar en polémica, establece una diferencia: “Creo que la lectura en su esencia original es ese milagro fecundo de una comunicación en el seno de la soledad. Los límites de su papel derivan de la naturaleza de sus virtudes”.

Varias observaciones tendrán lugar a partir de esa convicción: por un lado, la exaltación de la amistad con los libros como más sincera y fértil que la que se establece con las personas: “En la lectura, la amistad vuelve de repente a su pureza primitiva”. Por otra parte, ante la imposibilidad de proporcionarnos la anhelada verdad, los libros nos proporcionan el deseo de la verdad, y es aquí donde la lectura se constituye en una incitación a la búsqueda. Proust nos advierte, sin embargo, contra el peligro de que la lectura sustituya a “la vida personal del espíritu” y se pretenda hallar en los libros “la verdad (…) como una cosa material depositada entre [sus] páginas como la miel preparada por otros…”.

En “Sobre la lectura” ya se eleva nítida la voz del autor de “En busca del tiempo perdido”, tanto en la prefiguración de anécdotas que unos años más tarde resonarán en esa obra, como también en el estilo; en ese modo amable con que Proust nos invita a leerlo. Y es también una reflexión sobre la escritura como retrato del autor, el arte de la cita, el placer de la lectura de los clásicos. En suma: sobre la única amistad capaz de abolir el tiempo.

 

*Periodista.

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