Pajaritos preñados

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Un cuento inédito de Maumy González*

Pajaritos preñados

fortin

Silvia se puso las manos frente a la cara, tan cerca, que sintió su propio aliento. Aunque abrió bien los ojos, no logró vérselas. El corazón le latía casi en la garganta. Se acomodó contra la pared. Hacía rato que las cerámicas estaban tibias, igual que el aire dentro del baño, mezcla entre cigarrillo, sudor y caramelo de menta. A su lado, apretada contra el brazo derecho, la secretaria respiraba con dificultad, sin dejar de hacer ese ruido asmático que le paraba los pelos. Trató de recordar el color de las cerámicas. Grises, tal vez, no estaba segura. Tampoco iba a poder describir al ladrón, sólo había alcanzado a verlo de reojo: un amago de sonrisa, el mentón.

—¿Se habrá ido? —escuchó que decía la gorda desde el fondo del baño—. No soporto estar aplastada contra la poceta.

—Por lo menos puede sentarse, señora —dijo la secretaría. Silvia la escuchó tragar saliva.

—Shhh —hizo. Si el ladrón todavía estaba afuera podría escucharlas. Había tenido suerte de que a ella no la registrara como a las otras, sino se habría dado cuenta de la plata que tenía escondida entre las medias. Por suerte, la gorda le había resultado más llamativa. Era la única a quien ella había visto bien cuando entró en el consultorio. Hojeaba una revista, un anillo en cada dedo. Le había recordado a Miss Piggy, la cerdita de los Muppets. Quizá porque tenía el mismo efecto de ojos caídos y el pelo rubio, recién planchado. A su alrededor, sobre las sillas y en el suelo, tenía bolsas y paquetes de compras. Fue la primera a la que el ladrón vio, seguro. La había obligado a sacarse todo, hasta los zarcillos.

—Ya pasó un buen rato —dijo la gorda.

—Cállese, señora.

—Shhh —volvió a hacer Silvia. El tono de la secretaria era parecido al de su hermana. Durante el desayuno, Mica no había parado de darle órdenes para que no le robaran la plata del alquiler. Te vienes enseguida, le había dicho. Nada de andar con la boca abierta, pensando en pajaritos preñados. Calculó que la secretaria debían tener la misma edad que Mica, casi treinta o treinta y pocos.

—Deberíamos probar abrir la puerta —insistió la gorda.

—¿No escuchó lo que dijo el tipo? —El silbido seco de la secretaria sonaba cada vez peor. Si gritan o intentan abrir la puerta les pego un tiro, recordó Silvia. Lo había escuchado alto y claro, mientras veía el cañón que la apuntaba. Ella sí se había tomado la instrucción muy enserio. Bendita Miss Piggy.

—No creo que se quede a vigilarnos. Encima sin luz. ¿Seguro que no abre?

—Shhh —repitió Silvia con más fuerza. Apoyó la oreja contra la puerta. Hacía rato que había dejado de escuchar ruidos afuera.

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