Los medios no son solo un espejo

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En la televisión, donde se vive una competencia sórdida, el destrato y la ausencia, cada vez más marcada, de un mínimo de apego por el respeto a la dignidad de las personas, es moneda corriente. A fuerza de acostumbrarnos, a consecuencia de la repetición, vamos insensibilizando nuestras reacciones y naturalizando hechos que, en otro contexto, hubieran provocado los cuestionamientos más categóricos.

Por Rafael Prieto*

Medios

 

Los medios ofrecen un mosaico de propuestas que no pueden sustraerse a las preferencias de la audiencia, cuyo veredicto se expresa en los índices de rating. Esa realidad, habitualmente, es presentada como prueba irrefutable para argumentar que, en esa relación bidireccional, no son los medios sino que es el público el que verdaderamente detenta el poder.

 

Los medios proponen y la audiencia dispone, premiando a unos y castigando a otros. Del hecho cierto que los medios sean, en cierto sentido, esclavos de sus lectores, oyentes o televidentes, algunos concluyen que su tan mentada influencia sobre las audiencias, ya se las considere en calidad de públicos consumidores o de ciudadanos, es simplemente una quimera.


Sin embargo, es tan cierto afirmar que los medios modelan su oferta atendiendo a las preferencias e inclinaciones de sus audiencias como sostener, en un sentido inverso, que dichas preferencias e inclinaciones se construyen influidas de manera decisiva por la selección de temas y el modo en que estos son tratados. Para ello, como hoy se hace más que evidente, los medios cuentan con un arsenal de recursos, incluyendo formas sofisticadas de manipulación.  


Pero más que exaltar de forma unilateral las influencias de los medios sobre sus audiencias o de las audiencias sobre los medios, de lo que se trata es de analizar el modo en que ambos se retroalimentan dentro de círculos que pueden orientarse hacia una u otra dirección.


Un ejemplo de este tipo de retroalimentación lo constituyen los reality y ciertos programas informativos, políticos o pseudopolíticos, donde los altos niveles de audiencia se sostienen mediante una propuesta que pone el eje en lo que podríamos denominar la práctica o cultura del despellejamiento público.


Así, la lógica binaria que empobrece los debates, mucho más aún cuando estos se desarrollan para disputar los niveles de audiencia, reemplaza el análisis necesario para la comprensión de cualquier hecho social o político al simplismo más pueril, con propósitos excluyentemente efectistas.

 

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