El gran deschave

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Una reflexión sobre la ¿involuntaria? confesión de Haydée Padilla sobre la apropiación de una niña: “más allá de la intención individual de una persona, la revelación de la apropiación ilegal de un chico nos da el índice del actual nivel ético y moral con que esta sociedad persuade, anima e involucra a sus miembros en el esclarecimiento del período más oscuro y ominoso de su historia.”

Por Sergio Zabalza*

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 “todo acto fallido es un discurso logrado”
Jacques Lacan1

 

Cualquier colectivo humano, sea una familia o una comunidad entera, se constituye a partir de contenidos traumáticos guarecidos tras el muro de la represión y el olvido. Por eso, la dignidad de una comunidad bien puede medirse a partir de las pujas por la memoria que estos contenidos suscitan en su seno: secretos, mitos y fantasías siempre relacionados con la sexualidad y la muerte. No en vano, por ejemplo, la historia oficial de nuestro país intentó ocultar el genocidio llevado a cabo contra los pueblos originarios de este suelo. 

Días pasados, una actriz en cuya larga trayectoria figura el papel protagónico de una obra titulada El Gran Deschave, confesó ante las cámaras de televisión que durante la oscura década del setenta se apropió en forma ilegal de una niña de meses. Se podrían esbozar diversas conjeturas acerca de la singular motivación que animó a esta persona para concretar semejante revelación en el preciso momento en que hablaba de un gran deschave, sin embargo resulta más conducente enfocarse en la interpretación generalizada de sus dichos, suscitada a partir de la reacción del entrevistador, quien apenas la actriz señaló que su declaración era un secreto, intervino para avisarle que estaba en el aire.

En efecto, la mayoría de las crónicas se hicieron eco de esta significación: ella no sabía que su palabra e imagen se estaban haciendo públicas, como si admitir la apropiación ilegal de una persona en el piso de un canal de televisión -y en vísperas de un nuevo aniversario del golpe que instauró la sistemática desaparición forzada de personas y la apropiación ilegal de menores-, no fuera ya bastante. Lo cierto es que, de la proyección del video, no se desprende con necesidad que la entrevistada desconociera que alguien más la estaba escuchando. Quizás ya no le importaba.

Sexualidad y muerte alimentan el deseo de trascendencia con que una sociedad se sostiene en el tiempo. De allí que la identidad de un niño preserva la memoria, no solo de quienes en sus sueños y fantasías hicieron posible su llegada al mundo, sino también de la comunidad toda. Entonces, más allá de la intención individual de una persona, la revelación de la apropiación ilegal de un chico nos da el índice del actual nivel ético y moral con que esta sociedad persuade, anima e involucra a sus miembros en el esclarecimiento del período más oscuro y ominoso de su historia.  Para decirlo todo: pareciera que, para algunas personas, hoy los secretos resultan demasiado pesados como para mantenerlos en el solitario hueco del olvido.

 

deschave

 

*Psicoanalista.

 

(1) Jacques Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje en Escritos 2

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